Arrogancia y Narcisimo

Arrogancia y
Narcisimo

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Es un lugar común decir que los seres humanos somos fundamentalmente seres sociales. Sin embargo, desde hace un tiempo, venimos siendo espectadores de una trasformación en los modos de relacionarnos, en la que las redes sociales ocupan un lugar principal. Cada vez es más notoria la falta de debate, diálogo y la conformación de «burbujas» sociales. En este contexto cada vez son más grandes las distancias ideológicas y emocionales, por lo que las posibilidades de intercambio con otras personas se ven sustancialmente reducidas.

Pero existen otras personas (o personalidades) con las que resulta imposible por otra razón:
imposibilitadas de establecer una relación simbiótica con otro, sólo buscan audiencia, público, alguien a quien depositarle sus presuntuosos logros mientras, en su fantasía, un cono de luz los ilumina.

Esta es la caricatura de la personalidades arrogantes, vanidosas, soberbias y aunque, como toda caricatura, es exagerada y grotesca, sirven para reconocer fácilmente rasgos característicos que dentro de un conjunto pueden pasar inadvertidos o bien, por posiciones subjetivas tan complejas, simplemente no ser percibidos.

Las personalidades narcisistas no construyen relaciones recíprocas simplemente porque el otro no es considerado en sus necesidades y deseos, sino que es visto como un objeto que les sirve como medio para un fin: ser reconocido.

La arrogancia en estos casos cumple un papel protagónico porque es la forma que toma  la creencia irracional de superioridad con la que se definen.  Al mejor estilo hegeliano, estas personas pretenden convertir al otro en fuente de reconocimiento pues su autovalía depende de la admiración y  del contraste con el otro. En esta dinámica, el menosprecio y la subestimación son otras de las cartas de su juego.

Desde la psicología se interpreta que este modo de funcionamiento es puesto en marcha con el objetivo de proteger una autoestima lesionada. Empujadas por un fallido mecanismo de defensa, las personalidades narcisistas desarrollan este patrón de comportamiento que los alejará de la posibilidad de aceptar críticas, pedir disculpas, asumir responsabilidades.

Estas personalidades pueden socavar el autoestima de quien queda anclado en este mecanismo, del que conforme pasa el tiempo se vuelve más complejo salir y menos claras las razones por las que se ingresó.

Apelando a las herramientas propias y al análisis de las posiciones subjetivas en la dinámica de estas relaciones, la clave es ser conscientes de que el PODER que pueden  potencialmente ejercer personas con características narcisistas sobre otros, se lo da ese otro.

El narcisista termina dependiente de su “esclavo”, siguiendo la analogía con los conceptos de Hegel, para su supervivencia. Pero como los riesgos son altos y los beneficios nulos, mejor no meterse ahí, ni esperar cambios.



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